Artículos de opinión

Reformas en Francia

Francisco Cabrillo
Expansión , 21 de abril de 2014

Algunos economistas venimos comentando, desde hace ya tiempo, que el problema más importante de la Unión Europea no es, en estos momentos, Grecia, Italia o España, sino Francia. Parece que, afortunadamente, los propios franceses –o al menos una parte de ellos– empiezan a ser conscientes de la situación en la que se encuentran. Las propuestas de congelación de la mayor parte de las pensiones, de los sueldos de los funcionarios y de otras prestaciones sociales que presentó hace unos días Manuel Valls, el nuevo primer ministro, han sido recibidas con cierta sorpresa y con bastante satisfacción por la mayor parte de los analistas económicos. No creo, sin embargo, que la reacción de sus compatriotas haya sido la misma. El argumento utilizado por el joven político para justificar sus nuevas medidas debería, sin embargo, hacer reflexionar a los franceses antes de adoptar una actitud de oposición a las reformas: “No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades”.

Hace algunos años, Édouard Balladur, el político centrista que, tras ocupar diversos ministerios, fue primer ministro a mediados de la década de los noventa, definió la situación del mercado de trabajo en Francia con las siguientes palabras: “Somos el país en el que se empieza a trabajar más tarde, en el que se termina más temprano y en el que el número de horas trabajadas al año es más pequeño”. Habría podido añadir que el Estado peca de exceso de intervencionismo, que las prestaciones sociales resultan demasiado caras o que el denominado “modelo francés” es incompatible con una economía abierta y competitiva, en la que el mercado no es nacional sino mundial.

Cuando el presidente Sarkozy llegó al poder en el año 2007 pidió a los franceses que trabajaran más, que fueran conscientes de que su país tiene cada día menor peso en la economía y en la política internacionales y que aceptaran que el denominado “modelo francés” era insostenible y había que observar lo que se estaba haciendo en otros países con economías más abiertas y menos reguladas. Por desgracia, Sarkozy fracasó en su intento de introducir cambios significativos en la forma de gestionar la economía francesa. Es posible que no supiera hacer bien las cosas. Pero más razonable es pensar que no tuvo el valor de llevar hasta el final su programa de reformas ante la oposición una sociedad que –como la de España, la de Grecia o la de Italia– se niega a aceptar la realidad y pretende seguir viviendo en un mundo que ya no existe.

Por ello la mayoría de los franceses votaron en las últimas elecciones presidenciales a François Hollande, un político de escasas ideas que, de alguna forma, garantizaba a los votantes que las cosas no iban a cambiar. Pero la situación era insostenible. El presidente de la República perdió muy rápidamente el poco prestigio que tenía y todas las encuestas reflejan el hecho de que la gran mayoría de los franceses –de derechas y de izquierdas– piensan que es una persona incapaz de solucionar los problemas de la Francia actual. El nombramiento de Valls como primer ministro hay que interpretarlo, por tanto, como un intento de conseguir que alguien emprenda las reformas que él mismo no ha sabido llevar a cabo.

¿Tendrá éxito el nuevo primer ministro a la hora de introducir los cambios que Sarkozy no consiguió? Me temo que Valls lo va a tener muy difícil. En primer lugar porque la izquierda de su propio partido ya ha anunciado abiertamente su oposición a cualquier reforma en este sentido. Los sindicatos, por su parte, han dejado muy claro que están en contra de la reducción del gasto público; y siguen defendiendo la idea de que, si el Estado necesita dinero para mantener el actual nivel de gasto público, lo que debe hacer es subir los impuestos a los ricos que, además, son, en su opinión, los culpables de la crisis económica. Pero el problema va más allá de la oposición de la izquierda y los sindicatos. Lo más preocupante es la actitud crítica de buena parte de la clase dirigente francesa, y de la mayoría de la población del país, hacia todo lo que significan la competencia y el libre mercado, que complementan con una visión muy escéptica de la empresa privada, que apenas se encuentra ya en los países desarrollados. El dato de que más del 75% de los jóvenes franceses entre 15 y 24 años afirmen que lo que más les gustaría es trabajar en la administración pública indica que el cambio generacional no va a suponer el triunfo de una mentalidad nueva. Y esto, en un mundo globalizado, en el que tienen un peso creciente nuevas economías muy competitivas, va a ocasionar, sin duda, serios problemas a la sociedad francesa. No va a ser fácil, en resumen, que Valls triunfe en aquello en lo que Sarkozy fracasó; entre otras cosas, porque, no parece que ni siquiera su propio jefe, el señor Hollande, crea realmente en estas reformas. Hay que desearle los mayores éxitos, en cualquier caso porque si Francia se viene abajo toda Europa va a tener problemas muy serios en el futuro.

Si Francia se viene abajo toda Europa va a tener problemas muy serios en el futuro

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