Artículos de opinión

Elecciones europeas: los extremos se tocan

Francisco Cabrillo
Expansión , 2 de junio de 2014

Si dejamos a un lado nuestros problemas domésticos, que interesan poco al otro lado de los Pirineos, debemos concluir, sin ningún género de duda, que la gran triunfadora de las elecciones europeas ha sido Marine Le Pen. Su partido, el Frente Nacional, ha ganado claramente las elecciones en Francia; y, lo que es aún más llamativo, ha sacado cinco puntos al partido de Sarkozy y más de once a los socialistas de Hollande. Marine Le Pen tiene, en mi opinión, mucha más talla política que su padre, el viejo Jean-Marie, que fundó el partido hace ya más de cuarenta años. En los últimos días he escuchado algunos de los discursos de Marine. No cabe duda de que habla bien, transmite a quienes la escuchan una imagen de sinceridad y honradez, y ofrece a los votantes un mensaje claro, que convence a millones de sus compatriotas.; fórmula ésta que, por cierto, deberían aprender nuestros políticos, la mayoría de los cuales –lo hemos visto en la última campaña electoral– tienen una manifiesta incapacidad para hablar con claridad y difícilmente convencen a nadie que no hubiera estado ya convencido previamente.

Pero el contenido del programa del Frente Nacional –y el apoyo que recibe de tanta gente en todos los estratos sociales– resulta preocupante. Sin entrar en cuestiones políticas, voy a comentar algunas de las ideas económicas que he encontrado en los discursos de Le Pen y en el manifiesto electoral de su partido. Son muchos los puntos discutibles del programa económico del Frente Nacional. Si tuviera que resaltar los más importantes, señalaría, por una parte, su oposición a la economía internacional abierta y competitiva y, por otra, su defensa de un Estado fuerte que controle la actividad productiva del país.

Aislamiento suicida

Ante la globalización imparable de la economía mundial, la estrategia del Frente Nacional no consiste en una adaptación de la economía nacional para aprovechar las oportunidades que aquélla ofrece, sino en oponerse al mercado abierto y hacer de Francia un país que proteja su producción nacional. Además, Le Pen quiere controlar desde el Gobierno la política macroeconómica; y para ello sostiene que su país debería abandonar el euro, lo que le permitiría no depender en el futuro de las decisiones de Bruselas y del Banco Central Europeo. Para salir de la crisis, un hipotético Gobierno del Frente Nacional abandonaría la denominada política de austeridad y retrasaría varios años el logro del equilibrio presupuestario; y un revitalizado Banco de Francia llevaría a cabo una política monetaria expansiva que permitiría la financiación de las empresas a costes muy reducidos. Todo esto iría acompañado de una subida sustancial de los salarios más bajos, el aumento de las pensiones y la reducción de las tarifas del gas, la electricidad y los transportes públicos.

¿Les suena? Por si algún lector se hubiera despistado, le recuerdo que no estoy hablando de los programas de la izquierda española, sino de la extrema derecha francesa. Pero no cabe duda de que muchas personas que han votado en España a Izquierda Unida o a Podemos aplaudirían estas políticas. Y, por otra parte, las propuestas de nuestra izquierda de “reorientar el sistema financiero para consolidar una banca al servicio del ciudadano”, de mayor control de las empresas multinacionales o del diseño de un “plan de rescate ciudadano centrado en la aplicación de empleo decente” recibirían el apoyo de los votantes del Frente Nacional.

Uno de los aspectos más interesantes –y lamentables al mismo tiempo– de estas elecciones es que este tipo de ideas económicas estatistas y contrarias a la libertad de empresa han sido apoyadas por millones de votantes que se sitúan tanto a la izquierda como a la derecha de los partidos que han dominado la construcción europea desde sus orígenes. Es cierto que estos partidos lo han hecho mal; y, a veces, muy mal. Pero la alternativa es, sin duda alguna, aún peor. Estoy convencido de que si Marine Le Pen llegara un día al Gobierno y aplicara su programa electoral asestaría un golpe muy grave a la economía de su país y haría de Francia un nación por completo irrelevante en el contexto internacional; es decir, justamente lo contrario de lo que se supone que un político nacionalista debería perseguir. Pienso que Le Pen actúa de buena fe; pero, en economía, las buenas intenciones no son sinónimo de solvencia. También presupongo buenas intenciones en las propuestas de nuestros comunistas, tan cercanos a Le Pen en muchos de sus planteamientos. Son menos brillantes, ciertamente; pero su capacidad para destruir el país es todavía mayor.

Cualquiera que haya estudiado un poco de Historia Contemporánea sabe que Europa ya ha pasado por situaciones en las que el antiliberalismo –de izquierdas o derechas– ha triunfado, y los resultados están en mente de todos. Tratar de controlar la economía y erigirse en paladín de los desheredados suele ser rentable electoralmente. Pero cuando se aplican estas recetas en el mundo real lo que se consigue es mayor pobreza para todos. Y en una economía tan abierta y dinámica como la actual, estas políticas son, simplemente, suicidas.

 

Las propuestas económicas del Frente Nacional podrían compartirse por IU o Podemos

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