Artículos de opinión

¿Deberíamos votar el 25 de mayo?

Francisco Cabrillo
Expansión , 19 de mayo de 2014

Parece que la cuestión más relevante de las próximas elecciones europeas no es tanto lo que la gente pueda votar como cuántas personas van a votar. No es un tema nuevo, ciertamente; pero nunca los candidatos han tenido tanto miedo a que un gran número de personas se quede en sus casas y ponga de manifiesto lo poco que le interesan estas elecciones y, lo que es aún peor, lo poco que le interesan los políticos, cualquiera que sea el partido en el que estén encuadrados. Se discute sobre la desafección de la gente a la vida pública y se nos dice que aquellos que piensen abstenerse cometen un gran error que puede tener graves consecuencias para el futuro del país y la propia Unión Europea. Se parte de que todo el mundo debería ir a votar y que lo sorprendente es que alguien decida conscientemente no hacerlo.

Creo, sin embargo, que estas ideas son erróneas y que el tema de la abstención habría que analizarlo de otra manera. Lo que deberíamos analizar no es por qué tanta gente se abstiene, sino por qué tanta gente vota.

Un resultado muy conocido del análisis económico de la política muestra que el comportamiento del ciudadano, cuando toma decisión de acercarse a las urnas a depositar su papeleta, es poco racional.

En realidad, si lo pensamos bien, tiene muy poco sentido que vayamos a votar, ya que cualquier cálculo elemental de costes y beneficios nos haría quedarnos en casa. Los costes son fáciles de estimar. Si decidimos ir a votar tenemos que adquirir un mínimo de información sobre los candidatos y sus programas; y están además las indudables molestias que supone el hecho mismo de desplazarse para depositar el voto, hacer cola ante la urna y no dedicar ese tiempo a pasear con la novia o a jugar con los hijos.

Los beneficios en cambio, son menos claros. Todos tenemos preferencias en relación con las personas y las propuestas que se presentan a unas elecciones; y pensamos que nuestro bienestar aumentará si gana nuestro candidato favorito. Pero se plantean dos cuestiones. La primera, el grado de intensidad de nuestras preferencias. ¿Realmente estaremos mucho mejor si triunfa nuestra opción?

Y hay una segunda cuestión más relevante: ¿cuál es la probabilidad de que el voto de una persona sea determinante del resultado de unas elecciones? El beneficio esperado que cada uno de nosotros podemos obtener en un proceso electoral debe calcularse como el producto de multiplicar estos dos factores: la ganancia que supondría la elección de nuestro candidato y la probabilidad de que nuestro voto sea decisivo.

Como en una elección en la que participa un número elevado de votantes, este producto tiene un valor extremadamente reducido, hay que concluir que los costes de ira a votar serán siempre mayores que los beneficios; y lo racional, por tanto, es desentenderse del tema y quedarse en casa o dedicar nuestro tiempo a actividades más placenteras, como las antes mencionadas.

Cuanto más difuso es el beneficio esperado del votante y cuanto mayor es el número de electores, menores los incentivos a ir a votar; y no cabe duda de que las elecciones del 25 de mayo son un buen ejemplo de ello.

Y, sin embargo, votamos. Seguramente es bueno que lo hagamos ya que, en caso contrario llegaríamos a una situación paradójica en la que, actuando cada uno en nuestro propio beneficio, impediríamos que el sistema democrático funcionara; lo que podría, finalmente, perjudicarnos a todos. Y una posible explicación de esta conducta es que, al margen del beneficio esperado, la gente ve incrementada su utilidad por el simple hecho de dar su apoyo aun candidato que le gusta (aún más importante) de manifestar su desacuerdo con un candidato al que rechaza (o incluso aborrece). En realidad, con gran frecuencia, más que votar a favor de una persona o de un partido, lo hacemos en contra de alguien.

Es posible que no sea un comportamiento muy noble… pero encaja perfectamente en la naturaleza humana. Lo mismo que nuestro bienestar aumenta cuando vemos cómo le van bien las cosas a alguien a quien apreciamos, nos sentimos también más felices si ese político al que no soportamos, que, a lo mejor, nos parece, además, un sinvergüenza o un indeseable fracaso.

Y pensamos que, con nuestro voto al adversario, contribuimos a perjudicarlo… y, sólo con ello, disfrutamos. Por eso, y en contra de lo que están diciendo los principales partidos españoles, es plenamente racional también votar a partidos minoritarios que tienen pocas probabilidades de obtener algún escaño. No es un tema de beneficio esperado, sino de satisfacción personal.

Si estas elecciones terminan con una elevada tasa de abstención y una mayor dispersión del voto el problema no será la irracionalidad de los electores, sino el hecho de que la gente parece haber descubierto que el rey está desnudo y quiere actuar en consecuencia.

No deberíamos analizar por qué tanta gente se abstiene, sino por qué tanta gente vota

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Comentarios

1 Comentario(s)
  • RODRIGO

    20 de mayo de 2014

    Un artículo interesante pero no da con la cuestión. El problema es que la gente que no vamos a votar lo hacemos porque estamos en contra de estas leyes y esta constitución . EL profesora sabe que no hay libertad de prensa ni la justicia es independiente , los jueces y los fiscales los nombran los políticos etc . Hay más motivos para no votar que para hacerlo.

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