Artículos de opinión

A vueltas con la presión fiscal

Francisco Cabrillo
Expansión , 7 de abril de 2014

El reciente informe sobre el sistema fiscal español que un grupo de expertos ha redactado, a propuesta del Gobierno, ha provocado todo tipo de comentarios. Uno de los puntos en los que éstos han incidido en mayor grado es la incapacidad de nuestro actual sistema fiscal para financiar el nivel de gasto público que, hace ya algunos años, se alcanzó en nuestro país. Como se da por supuesto que no es posible reducir la dimensión del sector público, se argumenta que la solución del problema pasa necesariamente por elevar la presión fiscal. Y, para justificar tal medida, hemos vuelto a escuchar la vieja idea de que hay que subir los impuestos porque la presión fiscal es hoy en España menor que en otros países europeos.

Aquellos lectores que ya tengan algunos años recordarán, sin duda, el proceso que nos llevó de ser un país con relativamente poco gasto público, en el que se pagaban relativamente pocos impuestos y en el que la deuda pública tenía unas dimensiones muy reducidas, a convertirnos en una nación “europea”, unos años después, con una elevada presión fiscal, un aumento muy significativo de la deuda y un crecimiento del peso del sector público en la economía sin precedentes en la historia económica del mundo occidental.

Siempre he pensado que la obsesión de los españoles por ser “europeos” refleja un complejo de inferioridad bastante lamentable; y la verdad es que, por más tiempo que transcurra, parece que somos incapaces de superarlo. En los años ochenta nuestros gobernantes contemplaban con admiración el hecho de que Francia, Holanda o Alemania tuvieran sectores públicos mucho más grandes que el nuestro. Y, en el colmo de la ingenuidad, más de uno llegó a afirmar que, si el objetivo era alcanzar un nivel de vida similar al de estas naciones, nuestros impuestos y nuestro sector público deberían ser cada vez más parecidos a los suyos.

Ha pasado mucho tiempo; pero parece que esta mentalidad no ha cambiado. Nuestra economía ha crecido y las diferencias con la Europa más avanzada se han reducido. Deberíamos haber aprendido que nuestro desarrollo no se debe precisamente al sector público y la crisis nos ha indicado claramente que hay que introducir cambios radicales en la economía. Pero buena parte de nuestros políticos sigue pensando que la solución al déficit público y al crecimiento de la deuda es un aumento de la presión fiscal. El argumento tiene por sí mismo poco sentido; pero, en la actual situación de la economía española resulta especialmente equivocado.

Quienes insisten en la conveniencia de una mayor recaudación en estos momentos olvidan, en primer lugar, el hecho de que un determinado nivel de presión fiscal – medida esta variable como el cociente de dividir el total de los ingresos fiscales del sector público por el PIB nacional – supone a los contribuyentes una carga mayor cuanto más bajo es el nivel de renta per capita. Como España tiene una menor renta per capita que casi todas las naciones con las que se nos compara, igualar nuestra presión fiscal a la de éstas, supondría que la carga soportada por los contribuyentes de nuestro país sería significativamente mayor que la de los contribuyentes de los países más ricos. Por ello es preferible utilizar en este tipo de comparaciones internacionales el concepto de esfuerzo fiscal, que se define como la presión fiscal ponderada por el nivel de renta per capita de cada país. Y si utilizamos esta variable, veremos que el esfuerzo que soporta hoy el contribuyente español es bastante mayor que el que nos indicaría el simple nivel de presión fiscal.

El efecto del desempleo

El segundo error es comparar los niveles de presión fiscal de países con tasas de paro muy diferentes, sin analizar los efectos que este hecho tiene para los contribuyentes. Es muy fácil darse cuenta de que, al establecer una relación entre el volumen agregado de ingresos fiscales y la renta nacional, cuanto más elevada es la tasa de paro, mayor es el esfuerzo que debe realizar cada una de las personas que ganan un sueldo o perciben rentas de otro tipo. Lo normal es que, cuando crece la tasa de paro y especialmente cuando esta variable llega a los niveles que ha alcanzado en España, la presión fiscal se reduzca. Tratar de compensar esta tendencia subiendo los impuestos significa aumentar aún más la carga a quienes trabajan y producen; lo que no es, ciertamente, la mejor política para conseguir el crecimiento del PIB y del nivel de empleo que la economía española necesita con urgencia.

La mayoría de los economistas estamos hoy de acuerdo en que nuestro sistema fiscal es ineficiente y precisa de reformas importantes. Pero lo que la economía española no necesita, desde luego, es una subida de la presión fiscal que nos haga “más europeos”. No sólo porque elevar los impuestos no es la solución para los problemas de ningún país, sino también, porque, hoy por hoy, nuestra renta per capita y –sobre todo– nuestra tasa de paro están lejos de las de aquellos países cuyo nivel de presión fiscal, algunos parecen envidiar por estas tierras.

 

La obsesión de los españoles por ser “europeos” refleja un complejo de inferioridad

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